SER O NO SER MILITAR, por el GB (GNV-R) Ramón Antonio Lozada Saavedra (02JUN16)

En este tiempo de veleidades, incertidumbres, carencias, abusos, peligros e indefiniciones, vale que los militares, de cualquier jerarquía, grado, situación o categoría nos revisemos para darnos cuenta si tenemos que ver con las ocurrencias en la actual deriva de la Nación y verificar posibilidades de hacer algo para mejorar el estado lamentable en que ella se encuentra. Mucha gente atribuye culpa a la FAN y a los militares por haber permitido que el régimen se enquistara y nos utilice para sojuzgar a Venezuela. Algunos críticos lo explican alegando que hemos perdido los valores, otros dicen que jamás nos regimos por eso y que somos oportunistas, los más lo justifican en que controlamos el Poder y lo tenemos todo, que no nos alcanza la crisis alimentaria, de salud, de seguridad, de libertad y de falta de oportunidad de desarrollo personal, que se nos da todo porque somos el sostén del régimen. Como nadie lo comprueba y el alto mando militar tampoco quiere disipar esas dudas y credos, sino que atiza la percepción de que somos militantes del partido gobernante, hagamos un ejercicio in pectore que, al menos, nos permita conocer cuánto pesa nuestra actitud y aptitud personal en ese comportamiento general del sector militar venezolano.

¿Nos hicimos militares por vocación, o no? Cualquier razón ajena a la vocación demuestra desapego a los valores esenciales del ser militar. ¿Acaso hemos hecho tanto sacrificio sólo por vanidad, por lucir insignias y vistosos uniformes? Hoy ni siquiera podemos portar el carnet so pena de morir a manos de delincuentes que por el hecho de la profesión nos agreden, y así ya contamos infinidad de muertos; las ordenes (escritas y suficientemente publicitadas) de jefes militares para que los efectivos vistan traje civil mientras anden fuera de servicio son la más clara demostración de este aserto.

¿Cuán determinante es el afán o las ansias de poder en nuestra elección de carrera? Es natural y deseable que nos aliente el espíritu de superación, mas el espíritu de servicio debería ser la motivación ulterior. Volvamos sobre nuestro tiempo de escolaridad militar, cuando nos formamos, nos especializamos o nos hicimos maestros castrenses. Habrá recuerdos de charlas, orientaciones, arengas, exhortos, regaños y castigos que nos indiquen qué se quería o se quiere de nosotros. ¿Han cambiado esos métodos y sus contenidos, y, de ser así, cómo nos afectaron ayer y ahora? Recordemos cuando el criterio de excelencia nos ganaba o nos privaba una pernocta, un premio, un ascenso. Una remembranza necesaria es sobre nuestro tiempo dedicado al estudio, a la preparación física, al entrenamiento. ¿Cuántas horas o días de clase o entrenamiento perdimos por ocuparnos en actividades ajenas a la formación, como el culto a la personalidad o para servir como masa en alguna concentración política? ¿Determinaría eso en algo nuestro comportamiento anterior y el actual? Y sería bueno ver cuánto de las clases se pautan o previeron para hacernos mejores profesionales y qué tantas para hacernos activistas o instrumentos de audaces o políticos.

El militar, como buen ciudadano, debe conocer y estudiar la ciencia política en su integralidad, pero durante su actividad jamás debería ser militante, hay que respetarlo e impedir que por su inclinación ideológica menoscabe su profesión, pues su carrera militar no permite ser activista sino servir con su ciencia y su conocimiento técnico, sin distingos ni sectarismos.

Las escuelas militares jamás deberían ser centros de formación política militante. En mi tiempo de cadete y hasta oficial superior no era pecado aprender sobre socialismo, comunismo y las demás corrientes e ideologías políticas; es más, había que aprender formalmente sobre todas las existentes en el panorama mundial; ¿Será que ahora se obliga a estudiar una o varias ideologías? Y cuando nos recibimos como profesionales juramos defender la Patria, la República y sus instituciones, nunca a parcialidades políticas ni sus ídolos devenidos en deidades políticas.

Diariamente, a los graduados antes de 1999, se nos habló y se nos ejemplificó en valores. Se nos enseñó que la iniciativa es fundamental y que el riesgo es inmanente al ejercicio de la carrera militar. ¿Por qué algunos no podemos sobreponernos al miedo, la tentación y la indolencia? Es ley y está reglamentado: “No puede ser militar el cobarde, el de relajada conducta, ni el que ultraje sus armas con infames vicios”. ¿Por qué nos exponemos a irrespeto, a descalificación por acatar órdenes arbitrarias e irracionales, violatorias del orden constitucional y del sentido común? No menciono al orden jurídico en general porque muchas leyes, reglamentos y providencias administrativas son manifiestamente contrarias a los postulados contenidos en la Constitución de la República. Y está claro que no comulgo con esa perversión jurídica.

¿Acaso la honra del mando y comando no es suficiente estímulo para obrar conforme a derecho y al humanismo? ¿Quién nos puede quitar la civilidad si ella es el mejor constructo y la esencia de la ciudadanía? ¿Será que podemos entender y hacer comprensible que no somos superiores ni inferiores a los paisanos no militares? La realidad es que debemos ser garantes de sus derechos en virtud de que fuimos formados, organizados y equipados para resguardarlos integralmente.

De tanto que se nos vilipendia, se nos manosea y se nos piden sacrificios, es imposible evadirse de la ferviente discusión que nos impele a tomar posición; eso, compañeros, no podemos hacerlo sin apelar al cúmulo de valores imprescindibles para pensar y actuar conforme a principios castrenses universales. ¿Por qué cargar culpas ajenas si bien podríamos oponer razones profesionales, éticas, morales, jurídicas y la autoridad con auctoritas, ante quienes nos instigan o se valen de subterfugios para delinquir usándonos como punta de lanza de sus pretensiones manifiestas y las inconfesables?

Es hora de imprescindibles definiciones e impedir -a quienes echaron o echen a perder el Estado o caigan en delito por sojuzgar a la Nación y negarle la satisfacción mínima de sus necesidades básicas- que nos usen como escudo, ni para meterle miedo a la ciudadanía, ni como verdugos y luego, en su huida o defensa, hasta como chivos expiatorios. ¿Que estamos subordinados al Poder Civil?: Sí, pero no somos eunucos y la responsabilidad penal es personalísima.

Ser militar nos obliga a velar por la justicia, la seguridad y defensa nacional, la paz pública, el prestigio institucional, la soberanía, el apresto nacional y la correcta conducción de nuestra organización. Si somos militares no podemos despreciar y menos dejar de cumplir el deber que nos justifica; no se vale rendir nuestra honrosa profesión a usos maniqueos cuando la situación llama a poner orden, so pena de que los traficantes del poder nos dejen sin País, sin Nación y sin República. ¡Apátridas, se podría decir!

Si fuimos formados para hacer lo bueno bien hecho, actuemos en consecuencia. Nadie puede forzar a un piloto a volar aeronaves no aptas, porque ello comporta riesgo de la vida; traslademos esto a la FAN y cuando se intente utilizarla en contra de sus principios, pues procede desacatar la orden, cuyo cumplimiento sería letal para la Nación y la República.

Ser militar debería ser motivo de satisfacción personal suprema por el compromiso con la Nación. No estamos para imponer regímenes de gobierno, pero sí nos toca ayudar a frenar a los desaforados que pretenden apropiarse del país y privarnos de libertad, salud, bienestar, comida y seguridad. Poner orden en la pea gubernamental quizás no sea un mandato expreso, pero es tarea deducida para la misión de defensa institucional. Y jamás debemos hacernos los “paisa” o “Dejar hacer, dejar pasar”, esperando soluciones sin la debida diligencia. Hay que meditar mucho para saber y enseñar: “¿Cómo se come el artículo 350 de la Constitución?”, por si la ciudadanía decide invocarlo y desconocer“…cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”.

En 1999 estuve en Argentina y no vi en la calle un solo militar uniformado. ¿Por qué no se uniformaban? Porque la población los odiaba tanto que los agredía a discreción, tan inmisericordemente que los escupían e insultaban, cuando menos; ¿Por qué los odiaban? Por rendir su institución a la tiranía y hacerse esbirros. ¿Acaso vemos manifestaciones de ese rencor en Venezuela? ¿Vamos a esperar que se agrave el resentimiento contra nosotros por habernos portado mal, por negarnos a respaldar a la Nación en el reclamo de su derecho a un buen gobierno, una sana conducción del Estado, su salvaguarda vital? El hambre, la enfermedad, la inseguridad y la restricción de libertad atacan indiscriminadamente.

Los militares, activos y retirados, no tenemos opción distinta al respaldo de las aspiraciones nacionales a vida cívica, y para conseguirlo tenemos que usar de nuestra capacidad de sacrificio, de nuestra valentía soportada en la conciencia de que nos dejamos quitar la democracia y de que recuperarla pasa por el trabajo difícil, pero imprescindible y encomiable, de ayudar a reconstruir bases para que la ciudadanía pueda expresar y hacer valer sus decisiones.

Bien compleja la situación para quienes mandan y, estando bajó ordenes de agentes de autoridad carentes de escrúpulos y talento para el mando, deben exponerse a pérdida de su carrera y su libertad por desacatar órdenes contrarias al interés nacional, o incurrir en delitos de lesa humanidad por acompañar las acciones de mandones inmisericordes y desfasados. Sabemos, el juicio de la historia nunca ha desfavorecido a quien lucha por el interés común, la humanidad y la civilidad.

Es tiempo de examinarnos en nuestra esencia y Dios mediante podamos reconocernos como ciudadanos militares. No estamos aquí para usufructuar del poder, ni para traficar con la capacidad de persuasión e imponernos sobre la población y someterla a regímenes tiránicos; si hemos de actuar que sea en aras de reivindicar, aunque ello comporte riesgo de la vida o de la libertad. Recuerde: Su dignidad es lo único suyo; sólo usted decides si la entrega o muere con ella, lo demás se lo pueden quitar. ¿Podemos equiparar nuestra condición profesional -y hasta espiritual- con estos dichos: “El hábito no hace al monje” y, como dice mi mamá: “La pluma hace al pájaro”? Nuestra esencia militar nos arraiga, nos ata de por vida al deber y el uniforme sólo nos sirve como signo exterior de la enseña grabada en la mente, en el corazón y en el alma.

Ser militar es aceptar que no somos árbitros de la política ni sus desalmados secuaces. No debemos tirar nuestros más caros valores personales, profesionales, institucionales y cívicos en favor de intereses mezquinos, inhumanos, máxime si está en juego la Patria, o se le expone a dominación extranjera por obra y desgracia de facinerosos erigidos en gobierno.

Quiero a los militares visibles entre nuestros conciudadanos civiles, no escondiendo su carnet ni vestidos de civil por miedo o por vergüenza. Los necesitamos apreciados, preparados,  respetados y amados por la sociedad. Estoy seguro de que claman por soluciones efectivas a los males que padecemos, lo que aunado a su deber, sus convicciones y su oportunidad, contribuirán al restablecimiento y de la vigencia de nuestra Constitución. Sé que podremos conjugarnos para superar la crisis y detener la depauperación de los connacionales, incluidos los adláteres de quienes causan la tragedia.

 

Compañeros de armas y de causa, se vale dar un paso al frente y hacer nuestro deber. Creo llegada la hora en que se nos reclama aquel juramento iniciático recordado con cada toque de oración y cuando las circunstancias demandan el máximo esfuerzo y entrega, pues, como dijo mi General en Jefe Simón Bolívar: “Cuando el clarín de la Patria llama hasta el llanto de la madre calla”. Dios nos bendiga, nos ilumine y nos ayude a ayudar para salvar a Venezuela.

 

RALS, 02JUN16.

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